Trágame, máquina
Hay sólo dos tipos de personas en el mundo: las que viven de los peligros y las que sencillamente al pensar en las consecuencias negativas que podría ocasionar uno, se dan una media vuelta y corren. Las del primer tipo muchas veces pierden. Las del segundo nunca ganan.
Prefiero pensar que pertenezco al primer grupo de personas, así que me arriesgué a jugar con una de esas máquinas que llegaron de súbito a la ciudad y que se expandieron más rápido que la mismísima influenza A H1N1, las tragamonedas. Jugar con ellas puede ser divertido. Jugar con ellas puede ser riesgoso –para el bolsillo-.
Las hay de distintos tamaños, colores y música. Unas sirven para poner a prueba la suerte que te indicó el horóscopo del día y otras para demostrar cuán habiloso eres. Desde luego preferí una pequeña, muy similar a una máquina de azar, donde sólo se debe presionar un botón, pues soy inexperto en tirar palanquitas y pelotas.
Comprobé que no era mi día.
Al jugar y perder todo el dinero que se puede perder, sólo queda la rabia. Y terminas deseando que esa máquina no sólo trague tu dinero, sino a ti también. Que te haga desaparecer, que te lleve a una dimensión tipo Las Vegas, llena de luces y de oportunidades de volver a intentar ganar. Trágame, máquina, trágame, repites.
Los que corren riesgos no siempre ganan, es claro.
Foto: roadsidepictures










Comentar esta nota