Protegida del Jazz
Así es. La segunda semana de ciberperiodismo me sentí la mujer más protegida de la Tierra. Venía llegando luego de una semana de ausencia, y estaba tan perdida como el Teniente Bello.
Llegué a la reunión de pauta, y mis profesores fueron muy comprensivos con el duelo que estaba viviendo. Recibí abrazos de mis compañeros y compañeras y muchas muestras de afecto. Quise saber todo con respecto al reportaje, pero tampoco quería atorar al mundo entero con preguntas, así que poco a poco me fui enterando, hasta que supe cómo había avanzado el reporteo y demases. Claramente, mi intención era ayudar, y sentirme parte de, luego de una semana de desconexión.
Pero a pesar de mis intentos por cooperar, muchas personas me incitaban a volver a casa, descansar y olvidarme de la U por un buen tiempo. Yo no quería, el Juan, mi padre no lo habría querido. Quería ayudar, reportear, pero lo que escuchaba eran frases como “No te preocupes, Rayen”, “Si tenemos todo listo”. Hasta que llegó mi oportunidad de volver a integrarme.
Era martes, todos estaban ocupados en editar videos, trabajar en flash, además de otras labores académicas, y la banda de jazz que se había contactado, al parecer, se había caído. A los 10 minutos de resignación, tenía contactada a la Dixieland Jazz Band para el día siguiente a las 19 horas. Me sentí contenta de “volver a las andadas”, y de sentir que a pesar de la tristeza, podía seguir trabajando como siempre.
Al día siguiente pedimos cámaras, preparamos la carta de autorización para utilizar equipo audiovisual durante la noche, y junto a Cami Mellado partimos a la Casona del Cinzano Penquista, en Castellón 881, lugar de encuentro de la banda. Fue una experiencia hermosa, me enamoré del clarinete y de Carlos Schmidlin, el hombre del piano. Creo que hice buenas tomas, a pesar de la pérdida de un par de cuñas debido a una pequeña confusión técnica. Nos trataron con cariño, y pensé que mi padre era como los de la Dixieland: maduros, divertidos, sabios y amantes de la música. Aunque a mi padre le gustaba el rock, el folclore, y no necesariamente el jazz.
Nuevamente me sentí protegida: “Rayen, no te hubieras molestado”, “Gracias Rayen”. Pero era lo correcto. La vida sigue. Periodismo sigue. Yo sigo adelante. Y me sentí orgullosa, de viajar hacia la alegría del dixieland, en medio de la tristeza. Periodismo me ayudó a estar feliz.











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