Desayuno fraternal
Escucho: bang bang, los mato a todos, luego volteo y un rostro joven, con tímida sonrisa se revela ante mí. El autor de la jugarreta es Quique. Un hombre de Tomé, un tomecino. Quique no tiene más casa que la calle, pero su situación no es aislada. En la comuna de tomé, hay muchos como él y con él. Personas que viven bajo un puente, dentro de los vagones abandonados en la vieja estación de ferrocarriles o en pequeñas piezas de unos doce metros cuadrados. Poco más de 4500 indigentes deambulan por la comuna, merodean buscando cartones, pidiendo limosna o pescando lo poco y nada que queda en el mar.
Todos los sábados por la mañana, Quique recibe un pedazo de pan, junto a una taza de café. Él se alegra al ver que sus compañeros de calle también reciben su desayuno. Todos comen felices, o casi. Todo, gracias a la acción solidaria de 30 jóvenes del hogar de Cristo de la comuna textil, que se reúnen cada sábado a las 8 de la mañana para preparar café, comprar varios kilos de pan y salir a repartirlos por las calles de Tomé. Los indigentes, en su mayoría ancianos, esperan ansiosos el cariñoso y salvador regalo de manos de estos jóvenes. Para los voluntarios, el cariño de quienes se ven beneficiados con esta ayuda, no tiene precio. Ellos también se han ido transformando en sus amigos y confidentes, relatando que la situación actual de estas personas “de la calle”, deriva en que en algún momento de sus vidas, se aburrieron de los problemas familiares y simplemente se fueron, a las calles pero se fueron.














Comentar esta nota