Callejón sin salida
No los culpo, a mí también me puede suceder. A cualquiera, en realidad.
Previsualizar en un momento de lucidez el estado de desesperación que aquellos jóvenes deben haber vivido, todos los pensamientos de incertidumbre que no les indicaban nada, el aumento de los latidos cardíacos pensando en la cara de sus padres cuando se enteraran o las jaquecas interminables por no saber dónde esconderse y poder tranquilizar sus sentidos. Es difícil tratar siquiera estar en el lugar de aquellas pobres víctimas del destino.
Para alguien que debe asumir no es sencillo, ni tampoco para el resto. La situación es desfavorable siempre, porque no se está preparado.
No puedo admirarme, les repito, me puede suceder a mí o a cualquiera, y no lo digo con un tono de pánico, quizás de preocupación.
Sentir la presión de tener que salir a buscar trabajo por tener a un pequeño en casa esperando por comida, es sumamente difícil. Imagínense a alguien que va en tercero medio, o primer año de universidad. Sus sueños y proyectos a futuro son impedidos por aquel niño que no pidió llegar antes a la existencia terrenal.
La joven pareja debe cargar diariamente una cruz que es muy pesada, ser estigmatizados es lo mínimo, como lo es también que los usen de mal ejemplo.
Ante esta situación de evidente tristeza, abandonaré estos sitiales sin escupir al cielo, porque les reitero, esto a cualquiera le puede ocurrir, incluso al más programado y sensato de los humanos.











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